Día Nacional del Maíz: Testimonio de una lucha por la semilla ancestral

En México, el maíz no es solo un cultivo más; es el corazón de nuestra identidad. Cada año, hacia finales de septiembre, conmemoramos el Día Nacional del Maíz (oficialmente el 29 de septiembre desde 2019[1]) como un homenaje vivo a este grano sagrado. Para quienes formamos parte del Grupo Vicente Guerrero y de las comunidades campesinas, esta fecha trasciende lo simbólico: es un encuentro de pueblos, una fiesta de nuestras milpas y una reafirmación de nuestra resistencia. En estas líneas compartimos un testimonio colectivo sobre la importancia del maíz, su increíble diversidad nativa, y la tenaz defensa campesina frente a las amenazas de la agroindustria. Son reflexiones nacidas de décadas de trabajo en la tierra, de ferias de semillas y de la lucha diaria por la soberanía alimentaria.

Para los pueblos originarios de Mesoamérica, el maíz ha sido durante milenios alimento, dios y destino. No solo sustenta el cuerpo; sustenta el espíritu de la comunidad. Desde la antigüedad se le venera en rituales y mitos: los mexicas adoraban a Cintéotl, deidad protectora de las mazorcas[2]; los mayas narran en el Popol Vuh que los primeros seres humanos fueron creados con masa de maíz[3]. Estas historias sagradas reflejan una verdad profunda: “la existencia del hombre y el maíz se basaba en la dependencia mutua”[4]. Cada etapa del ciclo del maíz –de la siembra a la cosecha– era vista por nuestros antepasados como un espejo del ciclo de la vida humana[5]. Hoy en día, en las comunidades indígenas, el maíz sigue siendo esencia de lo humano, un regalo divino que se cuida con respeto y gratitud.

No es casualidad que digamos “sin maíz, no hay país”. El maíz ha sido la base de la alimentación diaria de generaciones: con él se amasa la tortilla que nos nutre cada mañana, los tamales que celebran nuestras fiestas, el atole que reconforta al amanecer. Además de ser la fuente de calorías y sustento, es símbolo de cultura y unidad familiar. En muchas casas campesinas, la milpa –ese policultivo donde el maíz convive con frijol, calabaza, chile y más– es a la vez despensa y farmacia, mercado y templo. Como describen los abuelos, defender el maíz es defender la vida misma, porque en el maíz van nuestra historia, memoria e identidad colectiva[6]. En cada mazorca que desgranan nuestras manos hay conocimientos heredados por siglos y un futuro que espera ser sembrado de nuevo.

México es privilegiado por ser cuna y centro de origen del maíz. Aquí, a lo largo de miles de años, los pueblos indígenas domesticaron al teocintle silvestre y crearon una impresionante diversidad de maíces nativos. Se calcula que existen cerca de 60 razas nativas de maíz en el país[7], con granos de todos los tamaños, formas y colores imaginables: maíces blancos, amarillos, rojos, azules, negros y morados, cada uno adaptado a diferentes climas, suelos y usos. Esta diversidad genética y cultural es un tesoro único en el mundo. De hecho, solo en el estado de Tlaxcala se cultivan 16 de esas razas nativas, alrededor del 20% de la diversidad nacional[7], lo que muestra cómo cada región atesora variedades propias y las mantiene vivas generación tras generación.

¿Por qué es tan importante esta biodiversidad de maíces? Primero, porque de ella depende nuestra seguridad alimentaria presente y futura. Las distintas razas criollas han desarrollado resistencias específicas a plagas, sequías o heladas; en sus genes está la clave para enfrentar el cambio climático y asegurar cultivos saludables. Segundo, porque cada variedad nativa lleva el sabor y saber de su pueblo: el maíz concho de la sierra, el arrocillo de la costa, el palomero para reventar, el morado de los otomíes – todos aportan a la riqueza culinaria y nutricional de México. Mantener esta diversidad es preservar un amplio menú de platillos tradicionales (pinole, pozole, tlayudas, chilatoles, etc.) y nutrientes valiosos. Y tercero, porque la diversidad de maíces sustenta el equilibrio ecológico de la milpa. En el sistema milpa, la variedad de semillas propicia suelos fértiles y comunidades de plantas que se apoyan mutuamente. No es exagerado decir que la milpa biodiversa es una trinchera contra el hambre y contra la homogeneización de nuestros campos.

Cada comunidad campesina ha sido guardiana de este patrimonio biocultural. “Cada comunidad conserva sus semillas como un fondo familiar, seleccionándolas año con año y resguardándolas para el siguiente ciclo agrícola” – nos comparte don Pánfilo Hernández, campesino tlaxcalteca e integrante de Grupo Vicente Guerrero[8]. Gracias a esa labor callada de custodios de semillas, hoy podemos celebrar que México tenga 59 variedades nativas clasificadas en siete grupos principales[9], fruto de siglos de selección cuidadosa. Esa memoria genética vive en los graneros de las familias campesinas y en las ferias de maìz donde los granos cambian de manos para viajar a nuevas tierras. En palabras de una publicación sobre guardianes de semillas, “las ferias de maíz son el espacio donde la semilla baila al compás de los intercambios… concretando su viaje de mano en mano a través de la vida de los pueblos”[10]. Mantener ese baile de la semilla es vital para que la abundancia de maíces continúe y no se pierdan líneas ancestrales insustituibles.

Resistencia campesina frente al modelo industrial y transgénico

La riqueza del maíz nativo no ha perdurado sin lucha. En las últimas décadas, los modelos de agricultura industrial han puesto en riesgo este patrimonio: monocultivos extensivos, semillas híbridas patentadas, paquetes de agroquímicos y, especialmente, la introducción de maíces transgénicos amenazan con erosionar la diversidad genética y desplazar las variedades locales. Las corporaciones trasnacionales ven al maíz solo como una materia prima lucrativa –buscan convertirlo en combustible, edulcorante, forraje o insumo industrial–, ignorando su dimensión cultural[11]. Frente a esa visión reduccionista, las comunidades campesinas de México se han levantado en una tenaz resistencia por la vida. Desde principios de los 2000, la Red en Defensa del Maíz y multitud de organizaciones y ejidos declararon una moratoria de facto: no permitiremos la siembra de maíz transgénico en nuestras tierras[12][13]. Esta lucha ha sido sostenida y articulada por foros, demandas legales y movilización comunitaria.

Los motivos de esta resistencia integral resuenan en cada asamblea campesina. En resumen, defendemos el maíz nativo porque:

  • Es el corazón de la civilización mesoamericana, no una simple mercancía agrícola[14]. Nuestra historia milenaria y nuestras milpas giran en torno a él.
  • Es parte de la vida de los pueblos: durante milenios hemos convivido y “conversado” con el maíz en un vínculo espiritual y sagrado, cuidándolo y siendo cuidados por él[6].
  • Sostiene la milpa y la alimentación diversa: junto al frijol, la calabaza, el chile y otras plantas, el maíz criollo forma el sistema agrícola tradicional que nutre a México[15]. Mantener la milpa es mantener la salud de nuestros suelos y la dieta de nuestros hijos.
  • México es su centro de origen y diversidad: es nuestra responsabilidad proteger las decenas de razas que aquí surgieron por el bien de la humanidad entera[16]. No podemos arriesgar su contaminación o pérdida.
  • Los transgénicos amenazan nuestra semilla y autonomía: rechazamos rotundamente los maíces genéticamente modificados, así como su siembra experimental o comercial, porque ponen en peligro las variedades nativas por contaminación cruzada y aumentan la dependencia de los agricultores hacia corporaciones[17].

En este pulso entre el modelo campesino y el modelo industrial, se defienden visiones de mundo opuestas. De un lado, la visión campesina comunitaria busca la soberanía alimentaria: que los pueblos decidan qué sembrar y qué comer, con prácticas agroecológicas que respetan la Madre Tierra. Del otro lado, el modelo agroindustrial busca uniformar la semilla, controlar su propiedad mediante patentes y forzar a los campesinos a comprar insumos año con año. La resistencia del maíz es, por tanto, una lucha por la libertad. “Reivindicamos nuestro derecho ancestral a custodiar, guardar e intercambiar libremente semillas nativas sin imposiciones de control estatal, federal o empresarial” proclaman las comunidades[18]. Esta defensa incluye volver a prácticas antiguas y probadas –como abonos orgánicos, bioinsumos naturales, policultivos– rechazando los agroquímicos que empobrecen la tierra[19]. Cada semilla nativa sembrada en la milpa es un acto de rebeldía contra la lógica del monocultivo.

A fuerza de organización, se han logrado importantes victorias. La movilización campesina y ciudadana consiguió, por ejemplo, que en 2013 la justicia mexicana impusiera una suspensión de permisos de siembra de maíz transgénico, reconociendo el riesgo dado que México es centro de origen de este grano[20]. Posteriormente, la Suprema Corte de Justicia anuló las impugnaciones de las corporaciones, manteniendo vigente dicha protección. Asimismo, a nivel nacional, el gobierno emitió en 2023 un decreto prohibiendo el uso de maíz transgénico en la masa y la tortilla[21] –un logro impulsado por años de presión social. Y más recientemente, en 2025, se promulgó incluso una reforma constitucional para prohibir el cultivo de maíz transgénico en todo el país, con el fin de “proteger la biodiversidad, la soberanía alimentaria y el patrimonio biocultural, priorizando el uso de semillas nativas y sistemas agrícolas tradicionales como la milpa”[22]. Aunque quedan batallas por dar (y aunque la importación de grano forrajero transgénico desde el extranjero sigue siendo un desafío pendiente[23]), México avanza en la dirección correcta: la defensa del maíz nativo se está convirtiendo en política pública y principio ético.

Sembrando esperanza: el testimonio de Grupo Vicente Guerrero

En el Grupo Vicente Guerrero A.C. (GVG) hemos sido parte activa de esta historia de amor y lucha por el maíz. Nuestra organización nació hace más de 40 años en una comunidad rural llamada Vicente Guerrero perteneciente al municipio de Españita en el estado de Tlaxcala, y desde entonces vivimos al ritmo de la milpa. A lo largo de décadas, hemos caminado junto a campesinas y campesinos compartiendo técnicas agroecológicas, semillas criollas y sueños de autosuficiencia. Recordamos con orgullo la primera “Feria del Maíz” que organizamos en Vicente Guerrero allá por 1998[24]. En aquel entonces, nos reunimos con productores locales para intercambiar experiencias y semillas, sin imaginar que estábamos iniciando una tradición que perdura hasta hoy. Año tras año, esas ferias crecieron: llegaron familias de municipios vecinos con sus mejores mazorcas, sus recetas, sus danzas y sus historias. En las Ferias del Maíz, las semillas se esparcen de mano en mano, entre risas, trueques y bendiciones, fortaleciendo la comunidad. Es tal como decimos en el GVG: “la feria es un acto cultural-didáctico invaluable para la conservación de las semillas y sus usos culinarios”[25]. No solo cambiamos maíces; compartimos saberes ancestrales, revalorizamos nuestras variedades locales y forjamos alianzas para defenderlas.

Fruto de esas ferias, nació la idea de los Fondos de Semillas Nativas. Inicialmente, creamos un fondo comunitario con semillas raras o en peligro de desaparecer[26]. Hoy ese modelo se ha replicado: cada familia campesina tiene su pequeño banco de semillas –una reserva de maíz criollo cuidadosamente seleccionada, guardada como oro, para sembrarla al siguiente ciclo y también para compartir en las ferias[8]. Así, si en una comunidad se perdió cierto maíz por alguna plaga o sequía, en la feria alguien de otro pueblo puede ofrecerle esa semilla que necesita. Esta red solidaria ha permitido rescatar variedades que casi se extinguían y ha fortalecido la seguridad alimentaria local. Ver a las y los abuelos extendiendo la mano con una mazorca multicolor para entregarla a un joven agricultor es una imagen que nos llena de esperanza: la posta generacional del maíz sigue en marcha.

Nuestro trabajo también nos llevó de la milpa al ámbito legal y político. Como parte de una coalición de organizaciones campesinas, el Grupo Vicente Guerrero impulsó la primera Ley de Fomento y Protección de Maíces Nativos en México. Fue en Tlaxcala, cuna de nuestro proyecto, donde gestamos esta iniciativa. Recuerdo aquellas reuniones, en 2007, cuando en una de nuestras ferias del maíz acordamos llevar la defensa del maíz nativo al Congreso estatal[27]. Tocamos puertas, dialogamos con académicos y diputados, y finalmente en octubre de 2008 presentamos la propuesta de ley[28]. Tras mucho esfuerzo colectivo, en 2011 el estado de Tlaxcala aprobó dicha ley pionera para declarar al maíz patrimonio originario y garantizar su protección[29]. Este logro histórico sentó las bases para crear fondos y bancos de semillas institucionalizados, y para apoyar a los campesinos que cultivan variedades criollas[30]. Si bien la ley aún enfrenta desafíos –durante años faltó un reglamento para aplicarla plenamente[29], y hoy luchamos por reactivarla y por establecer un Consejo Estatal del Maíz efectivo–, su existencia es un precedente poderoso. Envía el mensaje de que el maíz nativo importa, que merece ser protegido por las leyes frente a la invasión de granos híbridos o transgénicos.

A lo largo de esta travesía, hemos aprendido que defender el maíz es mucho más que conservar una semilla: es defender una forma de vida digna. Lo vemos en cada comunidad con la que trabajamos. Por ejemplo, en el pueblo otomí de San Juan Ixtenco, donde colaboramos, el maíz de colores no es solo cultivo: es identidad y orgullo. Allí, campesinos locales y autoridades tradicionales, con nuestro acompañamiento, inauguraron en 2021 el Primer Santuario de Semillas Nativas del pueblo otomí[31]. Ese banco comunitario de semillas fue un acto de resistencia frente a la homogenización genética, un faro que anuncia que en Ixtenco las semillas nativas estarán a buen recaudo para las futuras generaciones. Iniciativas así demuestran que cuando la comunidad se organiza, el resultado es soberanía alimentaria tangible: la gente retoma el control sobre qué sembrar y qué comer.

En el día a día, nuestro grupo sigue facilitando talleres de agricultura sostenible, promoviendo biofertilizantes, huertos integrales, técnicas de Campesino a Campesino, siempre con perspectiva de género y justicia social[32]. Cada nueva milpa agroecológica que florece, cada joven que aprende de sus mayores a nixtamalizar maíz criollo, es una victoria pequeña pero significativa. Como bien lo resume Pánfilo Hernández, “cada ciclo que sembramos es un acto de resistencia y esperanza. Tlaxcala –y México– se abre paso como territorio donde la defensa del maíz nativo deja de ser una batalla aislada: se convierte en política pública con rostro campesino”[33]. Estas palabras resuenan fuerte en nosotros, porque las vemos hacerse realidad: la lucha por el maíz ha unido a científicos, artistas, estudiantes, consumidores y, por supuesto, a los campesinos y campesinas que son los héroes anónimos cuidando la semilla. Que viva el maíz, decimos con el corazón lleno, porque mientras viva el maíz, vivirán nuestros pueblos.

Llamado a la defensa del maíz y la soberanía alimentaria

Al conmemorar este Día Nacional del Maíz, hacemos un llamado a la reflexión y a la acción. El maíz, en todas sus variedades –desde la mazorca blanca hasta el grano negro o azul–, representa cultura, salud y soberanía alimentaria[34]. Su defensa no es asunto solo de campesinos: nos involucra a todos como nación. Te invitamos a que te acerques a la milpa, a que conozcas y pruebes los maíces nativos de tu región, a que valores el trabajo del pequeño productor que, con muy poco apoyo, sigue garantizando que en tu mesa haya tortilla caliente cada día. Preguntémonos de dónde viene nuestro alimento básico; apoyemos las ferias locales del maíz y los mercados campesinos donde se intercambian semillas nativas. Cada compra de productos hechos con maíz criollo (sea masa, pinole, tostadas o atole) es un acto de apoyo a la economía campesina y un paso hacia la soberanía alimentaria.

Asimismo, llamamos a alzar la voz en los espacios cívicos para que la protección al maíz nativo sea prioridad. Necesitamos políticas públicas que aseguren precios justos al productor de maíz criollo, que establezcan bancos de semillas comunitarios en cada municipio y que prohíban firmemente cualquier liberación de transgénicos que amenace nuestra agrobiodiversidad[35]. La soberanía alimentaria se construye garantizando que las y los campesinos puedan seguir sembrando sus semillas libres, con técnicas agroecológicas, sin depender de agroquímicos caros ni de empresas que intentan adueñarse de la genética del maíz. Es fundamental exigir que se implementen y refuercen las leyes existentes –como la de Tlaxcala– y que se creen Consejos del Maíz donde la voz campesina sea escuchada en la toma de decisiones[36].

En este tono testimonial, hablamos desde la experiencia, pero también desde la convicción profunda. Hemos visto lo que puede lograrse cuando la gente se organiza para defender aquello que ama: el maíz nos ha unido en ferias, en ceremonias y en protestas; nos ha dado el lenguaje para reclamar ¡No a los transgénicos! y ¡Sí a la vida campesina!. Cada semilla nativa sembrada es un voto por la diversidad y la independencia alimentaria. Por eso, hoy más que nunca, celebramos al maíz trabajando por él. Mantengamos viva la llama de esta defensa todos los días, no solo cada 28 de septiembre. Que al partir la próxima tortilla, recordemos que en ese disco de maíz hay siglos de historia y esfuerzo, y que nos toca a nosotros seguir ese legado. Porque sin maíz no hay país, y sin nuestros campesinos no hay maíz.

En nombre del Grupo Vicente Guerrero A.C. y de tantas comunidades hermanas, ¡que viva el maíz nativo, viva la milpa y vivan los pueblos del maíz! Seguiremos sembrando juntos la esperanza, mazorca a mazorca, hacia un futuro de dignidad y abundancia compartida. Te invitamos a unirte a esta causa, desde tu trinchera –ya sea el campo, la ciudad, la escuela o el mercado–, porque la defensa del maíz es la defensa de la vida, de nuestra cultura y de nuestro derecho a decidir cómo alimentarnos. En esta lucha cabemos todos, y todos nos beneficiamos. ¡Feliz Día Nacional del Maíz, con el corazón en la milpa! 🌽🇲🇽


Fuentes consultadas: Grupo Vicente Guerrero A.C. – historia y acciones[37][30]; Declaratoria del Foro en Defensa del Maíz[38][17]; Secretaría de Agricultura – importancia cultural del maíz[39][9]; Gobierno de Tlaxcala – biodiversidad y protección del maíz nativo[7][34]. Todas las referencias reafirman el profundo vínculo entre el maíz y los pueblos de México, así como la necesidad de continuar su defensa.


[1] [2] [3] [9] [39] Qué es el Día Nacional del Maíz

https://fetch.com/blog/cultura-en-fetch/que-es-el-dia-nacional-del-maiz

[4] [5] Simbolismo del maíz | Arqueología Mexicana

https://arqueologiamexicana.mx/mexico-antiguo/simbolismo-del-maiz

[6] [11] [12] [13] [14] [15] [16] [17] [18] [19] [38] GRAIN | México: Rechazan campesinos semillas transgénicas

https://grain.org/fr/article/5475-mexico-rechazan-campesinos-semillas-transgenicas

[7] [8] [29] [30] [31] [33] [34] [35] [36] TLAXCALA, BASTIÓN DE LA DEFENSA DEL MAÍZ NATIVO: TRADICIÓN Y RESISTENCIA.

https://comunicacion.tlaxcala.gob.mx/index.php?view=article&id=19598:tlaxcala-bastion-de-la-defensa-del-maiz-nativo-tradicion-y-resistencia&catid=2

[10] GRAIN | De un vistazo y muchas aristas: De guardianes, ferias y casas de semillas

https://grain.org/en/article/5767-de-un-vistazo-y-muchas-aristas-de-guardianes-ferias-y-casas-de-semillas

[20] [21] [22] [23] Ventajas y desventajas del maíz transgénico | TecScience

[24] [25] [26] [27] [28] [32] [37] Acerca de – Grupo Vicente Guerrero A.C.

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